Teóricamente, los vasos sanguíneos son autorregulados, o sea, ellos se dilatan o se comprimen en consonancia con el volumen de sangre circulante, de forma a mantener la presión arterial más o menos constante. Si el volumen de la sangre disminuye un poco, los vasos se comprimen (vasoconstricción); si el volumen de la sangre aumenta un poco, los vasos se dilatan (vasodilatación). Por supuesto que existe un límite: si el volumen de la sangre disminuye mucho o aumenta de forma excesiva, por más que las arterias se compriman o se expandan, ellas no van a conseguir mantener la presión arterial en un nivel adecuado.
Para imaginártelo, basta que cierres con fuerza tu puño durante 10 segundos. Verás que la presión en algunos puntos de tu mano comienza a ser insoportable. ¿Te imaginas lo que pasa si tus arterias están bajo una presión similar todo el tiempo? Lo que esto puede provocar, entre otras cosas, es una serie de complicaciones para diversos órganos, como el cerebro, el corazón y los riñones, y si lo quieres ver más allá, influye en la manera en que percibes la vida.
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